Muchas organizaciones y científicos consideran como obesos los casi 600 millones de personas en todo el mundo, como el resultado de un desequilibrio entre la ingesta de alimentos y el gasto energético. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que, para prevenir y controlar la obesidad en la población mundial, los ácidos grasos omega-6 y omega-3 deben ser re-equilibrados en la cadena alimentaria.

Las políticas generales se han centrado en la falta de correspondencia entre “calorías en energía y gastos” y en la creencia de que todas las calorías son iguales, y estas tienen “fracasado estrepitosamente en los últimos 30 años,” dice el Dr. Artemis Simopoulos, del Centro de Genética, Nutrición y salud en Washington, DC, y el Dr. James DiNicolantonio, del Instituto del corazón de Mid America de San Lucas en Kansas.

Los Drs. Simopoulos y DiNicolantonio señalan – en un editorial publicado en la revista online Corazón Abierto – que los humanos evolucionaron en una dieta que tenía la misma cantidad de ácidos grasos omega-3 y omega-6. Este equilibrio intrínseco es fundamental para el desarrollo de los bebés durante el embarazo y la lactancia, y en la prevención y gestión de enfermedades crónicas.

Ahora bien, esta proporción 1:1 ha sido reemplazado por una proporción de omega-6 y omega-3 de 16:1. Esta diferencia de proporción sustancial ha surgido como consecuencia de cambios significativos en el suministro de alimentos en los últimos 100 años.

La tecnología de los alimentos y la agricultura moderna han dado lugar a la producción de aceites vegetales – como el de girasol, de semilla de algodón, soja y maíz – rico en ácidos grasos omega-6, y un intercambio de alimentos para animales a la hierba de grano. Tradicionalmente, los animales pastan en la hierba que contiene ácidos grasos omega-3, pero debemos considerar que los cereales, el maíz y la soja con que ahora son alimentados tienen un alto contenido en ácidos grasos omega-6.

El cambio de aceites y alimentos para animales se ha incrementado a niveles de ácido linoleico y el ácido araquidónico – dos tipos de ácidos grasos omega-6. Los niveles de ácido linoleico se han disparado en la dieta a partir de aceites y ácido araquidónico a partir de carne, huevos y productos lácteos.

La alta ingesta dietética de ácidos grasos omega-6 tiene varios resultados adversos, según los investigadores funcionales. Los altos niveles de ácidos grasos omega-6 pueden conducir a un aumento de tejido graso y la inflamación crónica, que ambos son sellos distintivos de la obesidad y vinculado a la diabetes tipo 2, enfermedades del corazón, síndrome metabólico y cáncer.

También el Omega-6 puede prevenir el pardeamiento del tejido adiposo blanco de “bueno” al tejido adiposo marrón para quemar energía y puede aumentar el riesgo de coagulación de la sangre.

Sustitución de la carne por pescado o aceites de cocina puede re-equilibrar las grasas

Mientras que el cuerpo necesita ambos ácidos grasos omega-3 y omega-6, el equilibrio entre los dos es crucial, dicen los investigadores. Los ácidos grasos actúan directamente sobre el sistema nervioso, que influyen en la ingesta de alimentos y la sensibilidad de las hormonas implicadas en el control del azúcar en sangre y la supresión del apetito.

El Omega-3 y Omega-6 son metabólicamente y funcionalmente diferentes. Estudios anteriores han relacionado los ácidos grasos omega-3 a una disminución en el desarrollo del tejido graso y la pérdida de peso, mientras que las altas concentraciones de ácidos grasos omega-6 están asociados con un mayor riesgo de aumento de peso.

Los autores señalan que las diferentes poblaciones metabolizan los ácidos grasos de manera diferente, lo que los hace menos propensos o en riesgo de la consecuencia de un desequilibrio. Los autores escriben:

“Ha llegado el momento de priorizar los ácidos grasos omega-3 en el suministro de alimentos y disminuir los ácidos grasos omega-6, cambiando los aceites para cocinar y comer menos carne y tomar más pescado. La composición de los alimentos debe cambiar y también ser coherente con los aspectos evolutivos de la dieta y la genética de la población”.

“La evidencia científica para equilibrar los ácidos grasos omega-6 y omega-3 es una relación sólida y necesaria para el crecimiento normal y desarrollo, la prevención y el tratamiento de la obesidad y sus comorbilidades como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer”, añaden.

Los Drs. Simopoulos y Dinicolantonio dicen que estos objetivos pueden lograrse enfocando los estudios sobre el metabolismo de los nutrientes, genes y su función.

“Es responsabilidad de los gobiernos y las organizaciones internacionales establecer políticas de nutrición basados en la ciencia y no seguir por el mismo camino de centrarse exclusivamente en calorías y el gasto de energía, que han fracasado estrepitosamente en los últimos 30 años”, concluyen.

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